Dante E. Zegarra López  


 

        El buen sillar 

De la fragua  gigante
un día naciste:
templándote al tiempo
y de blanco, vestiste.

 

D

esde el uso casi mágico por las culturas preincaicas hasta nuestros días, el sillar, ha tenido una presencia gravitante en la región Arequipa. Los primitivos pobladores de la región lo emplearon para dejar petroglifos y pictogramas [1]. Y, actualmente, aunque en menor escala se lo continúa empleando en la construcción de viviendas.

Símbolo y tradición de un pueblo, de una ciudad, que se agiganta ante las dificultades, el sillar  identifica a Arequipa .

Con exacta propiedad uno de los  preclaros hijos de esta ciudad, el doctor José Luis Bustamante y Rivero afirma:

“Pétrea ciudad adusta. Sólida trabazón de viviendas  donde el sillar  es símbolo de la psicología colectiva: roca y espuma; dureza y ductilidad. Amalgama de fuego, en que el aliento del volcán funde y anima las piedras y las almas”[2]

Producto del afloramiento del magma que surgiera de las entrañas de la tierra hace miles de años, el sillar quedó depositado en esas gigantescas grietas que a modo de grandes heridas cruzan el territorio sur peruano, y que son las canteras. El sillar es el material más abundante de Arequipa y su jurisdicción, razón por la cual, casi desde la fundación de la ciudad fue empleado intensamente.

Inicialmente el sillar fue usado para labrar artísticas portadas, flanqueadas por paredes de adobe o de tapia, asentadas sobre barro, según se desprende de los documentos existentes en el protocolo de Alonso de Luque .

Fueron las canteras ubicadas al norte de la ciudad,  en el actual distrito de Alto Selva Alegr, en terrenos que ocupan los pueblos jóvenes Independencia, Primero de Enero, Villa Independiente, de donde se extrajo el material que se necesitó para esas primigenias construcciones que hoy conforman la zona monumental de la ciudad.

La construcción del primer horno de cal, en virtud de la escritura celebrada entre Luis de León y el cantero Toribio de Alcaraz el 23 de enero de 1543[3], posibilitó la construcción de portadas y luego de paredes de las viviendas y edificios arequipeños sobre la base del sillar. La arena y la cal son los morteros más adecuados para unir los sillares.

En el siglo XVI los techos de las casas arequipeñas fueron de dos agua s sobre la base de paja o madera y en algunos casos de bóveda  de ladrillo. Es Gaspar Báez el maestro alarife quien emplea, al parecer, por primera vez, el ladrillo para la construcción de las bóvedas. Lo hizo para cubrir el templo de San Francisco .[4]

Las bóvedas de ladrillo, se general izaron en el siglo XVII después del terremoto de 1582, según se desprende de la documentación existente. El uso del sillar  en la construcción de bóvedas se produjo entre fines del siglo XVI y comienzos del XVII y su generalización en los siglos XVIII y XIX.

El primer ensayo de ese sistema de cubierta para los edificios fue realizado por Nicolás Alonso en la construcción del techo del templo de San Agustín.[5]

Sin embargo, el perfeccionamiento del sistema para la erección de bóvedas sobre la base del sillar y su empleo en la construcción de viviendas cobró mayor valor después del terremoto de Santa Ursula (20 de octubre de 1687)

Los habitantes de Arequipa y en especial los alarifes que construyeron sus edificios y viviendas sentaron, siguiendo el sistema experimental de errores y rectificaciones, los fundamentos de lo que hoy se conoce como arquitectura colonial arequipeña.

Ventura Travada  y Córdova así lo reconoce en 1752 cuando afirma:

“… el porfiado tesón de labrar casas de cal  y canto, ha creado tantos oficiales peritos en la arquitectura que labran pedestales, levantan pilastras  y columnas capiteles y si les preguntan lo que hacen responderán que mejor lo saben hacer que decir, porque es la natural arquitectura en que los tiene la práctica tan aleccionados. De esta suerte se ve todos los días hacer fábricas en la ciudad, no solamente casas regulares, sino también de eminentes torres, elevadas cúpulas y otras obras que llama el arte maestras”.[6]

Pero junto al sillar de las canteras ubicadas al norte de la ciudad y las caleras de Yura, a mediados del siglo XVIII se empleó, intensamente, la laja, para formar las veredas que separasen las viviendas  de la calzada empedrada y surcada por acequia s que llevaban agua  hacia el interior de las casas.



[1] LEONIDAS BERNEDO MÁLAGA .- El Departamento de Arequipa : Zona Arqueológica. Diario “El Deber ”. Arequipa. 27 de julio de 1956. / Dr. GUILLERMO GALDOS RODRIGUEZ . Una ciudad para la historia. Una historia para la ciudad. Arequipa en el Siglo XVI. Centro de Ediciones - EDIUNSA . Arequipa 1996.

[2] JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO .- Una visión del Perú . Elogio de Arequipa . Ediciones P.L.V. Lima , 1972.

[3] A.M.A.  LPL.01.- Protocolo  de Alonzo de Luque . Fcha. 23 de enero de 1543. Fs. CCCVII (307)

[4] RAMÓN GUTIÉRREZ .- Evolución histórica urbana de Arequipa  (1540-1990). Facultad de Arquitectura , Urbanismo y Artes. Universidad  Nacional de Ingeniería. Epígrafe Editores S.A. Lima , 1992

[5] DANTE E. ZEGARRA LÓPEZ . Arequipa  en Blanco y Negro. (Versión revisada) Arequipa, 1982

[6] VENTURA TRAVADA Y CÓRDOVA . El suelo de Arequipa , convertido en cielo. Primer Festival del Libro Arequipeño. Arequipa, 1958.

Dante E. Zegarra López
Copyright © 1998, Arequipa al día
Revisado: Miércoles, 07 Agosto 2002.