Discurso de Orden por el Vigésimo Séptimo Aniversario de la Escuela de Postgrado

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Discurso de Orden por el Vigésimo Séptimo Aniversario de la Escuela de Postgrado

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Dra. Teresa Arrieta Vda. de Guzmán

 

Señor Rector de la Universidad Católica de Santa María, Dr. Manuel Briceño Ortega
Señor Vicerrector Académico, Dr. César Cáceres Zárate
Señor Vicerrector de Investigación, Dr. Gonzalo Dávila del Carpio
Señor Vicerrector Administrativo, Dr. Jorge Luis Cáceres Arce
Señor Director de la Escuela de Postgrado, Dr. Hugo Tejada Pradell
Distinguidas Autoridades de la Escuela de Postgrado
Señores docentes y alumnos de la Escuela de Postgrado, señoras, señores

Es un gran honor y un placer para mí poder dirigirme a Uds. en este día en que se conmemora
el Vigésimo Séptimo Aniversario de nuestra Escuela de Postgrado. Fue un 16 de Julio de
1990, en que se dio la Resolución N° 057-AU- 90, cumpliendo el mandato de la Asamblea
Universitaria, bajo el rectorado del Dr. Luis Carpio Ascuña, confirmado por la Resolución N°
713-91- ANR del 16 de abril de 1991, de la Asamblea Nacional de Rectores, bajo la
presidencia del Dr. Javier Sota Nadal y así culminó un período de preparación para entrar en
un campo prácticamente desconocido en Arequipa, ya que nos cabe el honor de haber sido la
primera Escuela de Postgrado de nuestra ciudad y de la Macro-región Sur.

En aquella época se empezó con estudios conducentes a la Actualización Académica,
Maestrías y Doctorados. En Marzo de 1991 se apertura el Programa Especial de Maestría y
Doctorado en Ciencias Humanas y en Ciencias Naturales. En Agosto de 1993, se ofertan los
programas de Maestría en Derecho Civil, Matemática, Economía de la Empresa y Química
del Nuevo Ambiente y en Agosto de 1994 se crean los Programas de Maestría en Derecho del
Trabajo y la Seguridad Social, Estimulación Temprana y Problemas de Aprendizaje Infantil,
Bioquímica y Biología Molecular, Salud Pública, Matemática, y Educación Superior. En los
siguientes años, el éxito de nuestra Escuela de Posgrado es evidente, con nuevas Maestrías
que se aúnan a las ya creadas y que responden a las necesidades de Arequipa y el sur del Perú.
Así, en el año 2000 es posible ya ofertar Doctorados, siendo los primeros los de Derecho,
Odontología, Medicina, Educación y Ciencias Sociales, a los que se adscribieron
profesionales de indiscutible calidad, cuyos logros nos llenan de orgullo. Los años sucesivos
son testigos de la apertura de nuevas Maestrías presenciales y a distancia, así como un número
cada vez mayor de Doctorados, hasta llegar a la situación actual en que se cuenta con: 6
Doctorados, 19 Maestrías presenciales y 15 Maestrías a Distancia.

A lo largo de todos estos años, la Dirección de la Escuela de Postgrado ha recaído en
diferentes profesionales, todos ellos idóneos para el cargo y que, respetando la misión y la
visión establecidas para la Escuela de Postgrado, le imprimieron su sello particular durante
la vigencia de su cargo: Dr. Julio Paredes Núñez, Dr. César Lazo Herrera, Dr. Abel Tapia
Fernández, Dr. Jorge Bernedo Paredes, Dr. Gonzalo Dávila del Carpio, hasta llegar a nuestro
actual Director, el Dr. Hugo Tejada Pradell. Cada período tuvo sus desafíos que,
afortunadamente pudieron ser respondidos en forma adecuada, asegurando la pervivencia de
nuestra Escuela. Actualmente el reto es conseguir su acreditación, lo cual supone altos
niveles de innovación, exigencia y competitividad que, bajo la acertada dirección del Dr.
Hugo Tejada Pradell se van dando, de manera que, sin temor a exagerar, podemos decir que
la Escuela de Postgrado de la Universidad Católica de Santa María es la más consistente, seria
y exitosa de la Región Sur. Son muchos los estudiantes de otros Departamentos del Perú que
prefieren realizar sus estudios en nuestra Escuela, a pesar del gasto extra y del sacrificio que
supone viajar cada semana a la ciudad de Arequipa; consideran que todo ello es una inversión
valiosa porque al final contarán con un Grado Académico, que ostentarán con el orgullo y la
convicción de saberse profesionales de primera línea, egresados de una prestigiosa Escuela de
Postgrado, de una no menos prestigiosa Universidad.

Lo cual nos lleva a reflexionar sobre la Universidad en general, para luego abocarnos a
nuestra Universidad, en particular.
Al comenzar el siglo XIII nace la universidad de París, sin duda uno de los poderes
espirituales más grandes de la Edad Media. En sus inicios, una Universidad no es un edificio
ni un centro único de enseñanza, sino una gran agrupación de maestros y alumnos de las
escuelas bajo la autoridad de un canciller.

La vida escolar en París era muy fecunda. Poco a poco se fue organizando hasta enmarcarse
en cuatro facultades: Teología, Artes (Filosofía), Derecho y Medicina. El mayor número
correspondía a los estudiantes y maestros de Artes, y éstos se dividían en naciones (picardos,
galos, normandos, ingleses); su jefe era el rector, que acabó por suplantar al canciller en la
dirección de la Universidad.

La Universidad de París estaba bajo dos protecciones e influencias diferentes: la de los reyes
de Francia y la del Papado. Ambos poderes se percataban de la inmensa importancia de este
centro intelectual, hasta cierto punto comparable con la del Imperio y la del Pontificado. Los
primeros mostraron su buena disposición, tratando de asegurar la tranquilidad de los estudios
y, consiguientemente, la integridad corporal y la independencia espiritual de sus miembros;
pero fue en verdad Inocencio III quien la organizó y fundó, siendo sus sucesores,
principalmente Gregorio IX, quienes aseguraron su desarrollo ulterior.

Muchas de las universidades eran federaciones de estudiantes, quienes empleaban académicos
para que les enseñaran. Así, varias ciudades crecieron hasta ser centros de instrucción de
varios cursos: Bologna, donde se estudiaban las dos leyes, la civil (romana) y la de canon;
Salerno, donde se impartía conocimientos sobre dos doctrinas médicas conflictivas entre sí, la
de los árabes y la de los antiguos griegos; y París, donde la instrucción en teología y filosofía
se desarrolló en términos de la disputa entre nominalistas y realistas.

Hacia el siglo XIII, los instructores, fuertemente aliados con la Iglesia, habían formado
organizaciones definitivas para supervisar la instrucción y la entrega de grados; y los
estudiantes tenían cada vez menos injerencia en el gobierno.
Hacia el siglo XVIII, las universidades principales habían sido establecidas en todos los
países grandes de Europa y del Este Medio.
Desde mi punto de vista, merece especial atención la Universidad de Oxford, que empezó
como una asamblea de maestros y estudiantes en el pueblo, sin ninguna organización formal.
Después de 1,167, los estudiantes ingleses expulsados de la universidad de París y aquéllos a
los que Henry II, en represalia, prohibió estudiar en el extranjero, se reunieron en Oxford, que
asumió el carácter de universidad en ese tiempo.

Esta universidad no conoció ni las ventajas ni los inconvenientes de la dorada universidad de
París. Todos sus grandes maestros se habían formado bajo la antigua disciplina agustiniana,
que conjugaba el tradicionalismo en materia de teología con el gusto por el platonismo, por
las matemáticas y las ciencias positivas. Su relativo aislamiento y cierto desinterés de los
Papas en ella, ahorraron a Oxford la invasión inmediata del aristotelismo tomista y el
conformismo filosófico, que tan profundamente actuaban en el medio académico parisiense.
La enseñanza en Oxford fue original y fecunda.

Para entender mejor la diferencia entre estas Universidades, conviene recordar el tipo de
enseñanza característico de la Edad Media, i.e, la enseñanza de las llamadas “siete artes
liberales”, es decir, las artes del hombre libre, distintas de las artes del hombre servil, que eran
llamadas “artes mecánicas”. Desde el siglo IX, y especialmente a partir de la reforma de la
enseñanza propiciada por Alcuino, se dividen estas artes en dos grupos: el Trivium (gramática,
dialéctica, retórica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Esta
división se halla ya en San Isidoro y en Boecio, pero solamente llega a tener importancia y
vigencia en el siglo mencionado. A partir de entonces, las artes liberales se presentaron
frecuentemente como el instrumento mediante el cual el espíritu se ilustra en la filosofía –que
era prácticamente todo el saber de la época– y es capaz de expresarla. Thierry de Chartres en
su Heptateucon (el nombre que los griegos dieron a las siete artes) muestra en qué consiste la
diferencia entre el Triviun y el Cuadriviun. El primero comprende las artes del decir, o artes
sermocinales; el segundo, las artes de lo dicho, o artes reales. Por supuesto, que esta división
no se mantuvo rígidamente en todos los períodos; al menos no en la mente de los filósofos.
La dificultad de encajar dentro de cada una de estas artes los nuevos descubrimientos –y
redescubrimientos– hacía muy difícil mantener el Heptateuchon, excepto para los fines de la
enseñanza, con lo que aparecieron nuevas divisiones, como la de Hugo de San Víctor en el
Didascalion.

Pero, ¿en qué consistía la originalidad de la Universidad de Oxford? Mientras en París, el
pensamiento, que era casi exclusivamente dialéctico y filosófico, se dejó absorber durante
algún tiempo por la dialéctica, el pensamiento filosófico inglés puso al servicio de la religión
las matemáticas y la física, tal como acababan de revelárselas las obras de los sabios árabes.
Los estudios hechos en Oxford tuvieron siempre un aire característico. El interés religioso
tenía la misma fuerza que en París, pero la subordinación de las ciencias a la teología era más
libre y flexible. Aristóteles era igualmente admirado en Oxford que en París, pero más por
sus estudios empíricos que por su metafísica.

Por esto, en el momento mismo de mayor brillo del aristotelismo dialéctico en París, cuando
se ahogaba lo que de interés podía quedar por las ciencias matemáticas y naturales; la
educación oxoniense preparaba el empirismo occamista, cuya reacción, en el siglo XIV,
desplazaría al tomismo en esta misma Universidad de París, sede sus éxitos más
espectaculares.

Ahora bien, ¿por qué remontarnos a los orígenes de las universidades? Creo, como
Heidegger, que el uso inicial de las palabras encierra más profundamente su significado. Así,
para entender la esencia, por llamar de algún modo al rasgo característico de la universidad, es
necesario establecer contacto con sus orígenes. Efectivamente, allí encontramos que lo que
tipifica a la universidad no es simplemente la difusión de conocimiento, porque la educación,
ciertamente, se había impartido ya en la Antigüedad, principalmente en las Academias de las
cuales la Academia de Platón fue el arquetipo. Sólo que, a diferencia de las universidades, la
academia era un lugar donde se enseñaba exclusivamente un punto de vista. Las doctrinas
incompatibles con la prevaleciente en una academia particular podían ser mencionadas, y aun
discutidas, pero solamente con el propósito de refutarlas. Si un punto de vista de un profesor
llegaba a estar en conflicto con el de la Academia a la que se había asociado, el profesor
marchaba a otro lugar, frecuentemente para encontrar una academia donde su doctrina
prevaleciera. La ilustración clásica de tal situación en la Antigüedad fue la de Platón y
Aristóteles. Este último, que pasó años en la Academia de Platón, no tuvo otra elección que
dejarla, a raíz de su desacuerdo con el maestro en ciertos puntos fundamentales, y fundar su
propia escuela: el Liceo.

Ahora bien, lo que tipifica a la Universidad es, como su nombre lo implica, la universalidad,
el brindar un espacio para la enseñanza de puntos de vista conflictivos por personas
convencidas de su verdad. Justamente, el método de la disputa y la concordancia fue creado
en las universidades, y ha sido de primera importancia en la subsecuente historia intelectual y
cultural de Europa.
Lo que de importante tuvo la Universidad de Oxford –la que pienso nos es cercana por su
status de universidad de provincia– es, justamente, haber brindado atención a todos los
campos del saber de esa época.

A nosotros nos cabe preguntarnos ¿Cuál es nuestra época? Y la respuesta obvia es: la del
mundo globalizado. Una época altamente compleja a la que le asignan diferentes inicios.
Así, Marshall McLuhan sostenía ya en 1961 que los medios de comunicación electrónicos
estaban creando una aldea global. Rüdiger Safranski destaca que a partir de la explosión de la
bomba atómica en Hiroshima en 1945 nació una comunidad global unida por el terror a un
holocausto mundial. También se ha asociado el inicio de la globalización a la invención del
chip (12 de septiembre de 1958), la llegada del hombre a la Luna, que coincide con la primera
transmisión mundial vía satélite (20 de julio de 1969), o la creación de Internet (1 de
septiembre de 1969). Pero en general se ubica el comienzo de la globalización en la
desaparición de la Unión Soviética y el bloque comunista que encabezaba. Si bien la
autodisolución de la Unión Soviética se produjo el 25 de diciembre de 1991, se ha
generalizado simbolizarla con la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989.
Sea como fuere, podemos caracterizar la globalización como la expansión y profundización
internacional de las relaciones en los campos económicos, informativo-comunicacionales,
sociales y culturales, posibilitadas por el avance de la ciencia y la tecnología. Todo ello nos
permitiría concebirla como una fuerza socavadora y, finalmente, supresora del localismo, ya
que las distancias han dejado de ser significativas por la rapidez de desplazamiento a
cualquier punto de la Tierra, tanto de personas como de capitales, mercancías, imágenes e
información; e incluso se sostiene que, a través de las redes mundiales de comunicaciones, se
ha logrado una “sincronía temporal mundial”, conjuntamente con una virtual inmediatez
espacial. Con todo, el poder conocer qué pasa en otras partes del mundo y el contacto virtual
con seres humanos de los que antes no teníamos sino ideas vagas, si algunas, no ha creado
hermandad en la raza humana, sino, como lo vamos viendo, relaciones de lucha, opresión o
indiferencia.

La globalización va presentando diversos problemas: importación de modelos occidentales
para las sociedades del sur, promesas no cumplidas de innovación positiva y de unificación
mundial, centralización de un poder más estructurado que nunca, exacerbación de los
conflictos étnicos, imposiciones que lanzan a la historia en direcciones variadas y
contradictorias que llevaron a la crisis económica del coloso del norte con la consecuente
caída de gran parte del mundo. Pero, desde mi punto de vista, lo más grave es que ha
exacerbado el individualismo, la indiferencia hacia el otro, la búsqueda maximizadora de
ganancias económicas, no importando qué; teniendo todo ello como producto la
profundización de exclusiones que siempre existieron y la creación de otras nuevas.
Por otro lado, es una época en la que el conocimiento avanza con una rapidez vertiginosa, en
la que la esperanza de vida en nuestro país ha aumentado en 15 años en las últimas décadas y
a nivel mundial en los años transcurridos del Siglo XXI se tiene como muy probable el
descubrimiento del Boson de Higgs o partícula de Dios, que comprobaría la verdad del
modelo estándar de explicación del universo; se ha descifrado el genoma humano, se ha
encontrado la técnica de la reprogramación celular, se ha descubierto que el ADN basura no
es un deshecho y por el contrario es esencial para que los genes humanos funcionen, se ha
encontrado al homínido más antiguo, el Ardipithecus ramidus, que vivió hace 4.4 millones de
años; se ha comprobado que hay agua en Marte y que en la Vía Láctea existen 17,000
millones de planetas parecidos a la tierra; ha surgido la nanotecnología con múltiples
aplicaciones en los campos de la electrónica, la biología y la medicina. A esta época de
increíbles logros también se la denomina postmodernista por su desconfianza en la razón y la
caída de los grandes relatos de la modernidad, a saber: i)el relato cristiano, que mediante la fe
en Dios garantiza la salvación del hombre, ii) el relato de la ilustración, con su fe en la razón
que permitiría alcanzar justicia e igualdad para todos; iii) el relato marxista, que en su etapa
final vislumbra un mundo sin lucha de clases y iv) el racionalismo capitalista que prometía
abundancia para todos.

En fin, estamos definitivamente en la era del conocimiento y en un ambiente postmoderno y
es función de la universidad, especialmente en sus más altos estándares que son los que
corresponden a las Escuelas de Postgrado, tratar de entender nuestro tiempo analizando sus
límites y sus posibilidades que parecen ser infinitas, criticando sus excesos y proponiendo
modelos de mundo mejores que el de un postmoderno -perdónenme el oxímoron-
“relativismo absoluto”, en el que todo vale. Con todo, del postmodernismo podemos rescatar
la actitud tolerante con puntos de vista opuestos a los nuestros y el respeto, incluso la
celebración de la diferencia. Se dice que la tolerancia ha de ser la gran virtud de nuestros
tiempos; según Ingrid Creppell, la tolerancia entraña tres componentes básicos: a) la
desaprobación o desacuerdo con prácticas, creencias o personas; b) la propia represión de
imponer nuestra reacción; y, c) permanecer en relación con la persona o grupo con la que uno
no está de acuerdo; esto es, mantener el diálogo a pesar del conflicto.
Hablando ya, específicamente de nuestra Escuela de Postgrado, por la gama de segundas
especialidades, maestrías y doctorados que ofrece, creo que es conocedora de los problemas
que enfrenta la Región Arequipa respecto de la educación, la violencia de género, la
corrupción de políticos y el cuidado del ambiente, de allí que exija de sus docentes una
excelencia académica y moral, esto es, un saber profundo y actualizado, el hábito de la
investigación, y el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación; así como una
actitud de profundo respeto hacia uno mismo y al otro, una búsqueda del propio florecimiento
y el de los demás, comprendiendo que el hombre se hace humano sólo cuando vive en
sociedad y que las sociedades se desarrollan en un ámbito natural constituido por la fauna, la
flora, el aire, el mar, los ríos, los bosques y las montañas, que también merecen respeto y
cuidado. Por otro lado, su carácter de Universidad Católica creo que le da en un plus, porque
si bien es posible ser agnóstico y moral, ser ateo y, no obstante, buscar la excelencia humana,
la creencia en una Providencia justa y la piedad hacia Santa María dan un sentido pleno a la
vida y a la muerte, así como profundo consuelo en épocas difíciles.

Para finalizar, quiero destacar que, como es natural, existe un reconocimiento muy merecido y
explícito por una serie de honores concedidos al Dr. Julio Paredes Núñez, iniciador y gestor
principal de esta magna empresa que lo tuvo como su primer y quinto Director y que en su
cargo de Rector, la apoyó incondicionalmente. Igualmente, creo que todos somos testigos de
la labor esforzada, responsable e innovadora de los Directores de la Escuela de Postgrado ya
nombrados; pero, permítanme ahora ocuparme de alguien que, habiendo participado
activamente en la creación y establecimiento sólido del prestigio de nuestra escuela, hoy no
está físicamente con nosotros, pero cuyo ejemplo de erudición, puntualidad kantiana,
responsabilidad, ética profesional y visión sabia, permanecen en el recuerdo de quienes lo
conocieron. Me refiero al Dr. Edgar Guzmán Jorquera, filósofo arequipeño, una extraña
mezcla de lógico y poeta, poseedor de una gran autoridad académica y moral y que colaboró
en forma activa y constante en la creación y desarrollo de la Escuela de Postgrado,
brindándole toda su experiencia acumulada en sus años de docencia agustina, así como los
resultados de su inteligente y acuciosa observación de los aspectos académicos y
administrativos de la Escuela de Graduados de la Universidad de Massachussetts – Amherst,
ciudad en la que vivió durante dos años y en la que fue probablemente el lector más voraz en
la gigantesca biblioteca de esta Universidad. Edgar Guzmán era poseedor de una memoria
privilegiada, un interés y curiosidad por prácticamente cualquier campo de conocimiento, una
gran capacidad de análisis y síntesis que desplegaba en su argumentación impecable e
implacable, todo ello unido a un afán de diálogo, de compartir, de goce con el desarrollo
intelectual y personal de sus alumnos; tenía, además, un creativo sentido del humor que
surgía en el momento menos pensado, dando un alegre respiro a disertaciones altamente
técnicas y eruditas, haciendo que sus clases fueran experiencias inolvidables y que su muerte
fuese considerada como una de esas grandes injusticias que no acertamos a explicarnos y que
sin embargo, él en sus versos describió sabiamente: “Es el claro remate de los austeros
huesos/ esa nieve antiquísima que atempera la carne/ helado sustentáculo con fulgores de
luna/ dentro de rojo magma, jadeo de blancor/ en la caliente pulpa, frenética tristeza
resignada/ leyenda sin memoria canturreada en la danza/ que agita las caderas de las
jóvenes… Dos promociones de esta universidad llevan su nombre: la del 1er. Doctorado en
Ciencias Sociales y la de Publicidad y Medios 2004 y creo que su ejemplo puede inspirarnos
y comprometernos al logro de los ideales de esta Escuela, a la que tanto apreció y dio.
MUCHAS GRACIAS.

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