CONCLUSIÓN



Al término de este camino en zigzag, marcado por un incesante ir y venir entre las ideas generales y las aplicaciones particulares, cada uno de nosotros podría exclamar, como Kant, “La ley moral en mí, el cielo roto en forma de estrellas encima de mi cabeza”. Pero en lo trágico de la acción, es frecuente que los pies en el barro, el homo viator, el hombre en camino en este mundo, se aparte de las centellantes estrellas, y modere las consecuencias de la ley moral, a fin de tender a conciliar los aspectos contradictorios de los datos. El hombre de negocios, como el responsable político, frecuentemente es embridado en sus altas aspiraciones por la necesaria toma en consideración de los hechos. Se contenta pues con una ética gris, según la expresión que frecuentemente es retomada corsi e recorsi, entonces las vueltas y revueltas de esta obra. Es necesario censurar? El hombre seguramente pasa. El acto, eso es según. Si el valor abandonado no ha sido fundamental, y aquel que es así amparado no es desdeñable, la balanza de los intereses permite sin duda admitirlo: no, en la hipótesis inversa. Y eso que importa, eso es siempre apuntar a la perfección, tentar a alcanzar gradualmente el ideal percibido por su conciencia, sabiendo que ese objetivo es humanamente imposible.